Las enseñanzas de la revolución rusa frente a las tesis de su “fracaso” y de “fin de un ciclo”

Por: Xabier Arrizabalo

La revolución rusa supone la primera experiencia histórica de constitución de un Estado obrero, hecho posible gracias a la toma del poder por la clase trabajadora y las medidas que rápidamente toma. Es por tanto un acontecimiento que revela con especial claridad la imposibilidad de conciliar los intereses de trabajadores y capitalistas. Por eso el tratamiento que se le da a la revolución rusa en todos los medios del capital, de acuerdo exclusivamente a su interés de clase, es impedir que sirva de referente para la lucha actual de los trabajadores. Por eso manipulan y ocultan. Manipulan diciendo entre otras muchas falacias que la revolución fue en realidad un golpe de Estado o que el estalinismo era la continuidad del bolchevismo. Ocultan los enormes avances que se lograron incluso ya en los primeros días y semanas tras el triunfo de la revolución (enormes avances más allá de las limitaciones y de la propia trayectoria posterior de la revolución).

Nosotros tampoco somos neutrales. Nos reclamamos de los intereses de la clase trabajadora y desde esta perspectiva consideramos que la experiencia de la revolución rusa es una fuente de enseñanzas. Nuestra óptica es la opuesta a la de los capitalistas: ellos quieren ocultar, nosotros queremos conocer.

La primera enseñanza de la revolución rusa es la confirmación de una constatación: el socialismo no es un deseo, sino una necesidad, porque el capitalismo no es reformable y conduce a la barbarie. En 1917 se muestra una imagen inequívoca: mientras en Rusia se abren enormes posibilidades ya desde el mismo día siguiente a la insurrección, el capitalismo es la guerra. Su supervivencia sólo significa un proceso cada vez más sistemático de destrucción de fuerzas productivas (guerras, crisis, saqueo de los recursos naturales y, sobre todo, desvalorización de la fuerza de trabajo).

Una segunda enseñanza es la de que el camino al socialismo sólo se abre con la revolución. No es posible reformar el capitalismo y tampoco se puede salir de él por consenso, porque, por definición, como explicaba Trotsky, “nunca una clase dominante ha depuesto voluntaria y pacíficamente su poder” (Trotsky, 1932: 3). En consecuencia, sólo hay un método para evitar la barbarie a la que cada vez más conduce el capitalismo: revolucionariamente. Esto es, mediante la irrupción de las masas en la vida pública de forma directa, para tomar las riendas de su futuro. Sobre la base de sus reivindicaciones y organizándose por sus propios métodos. Destruyendo las instituciones con las que se refrendaba la sociedad basada en la explotación y construyendo las que hagan posible la transición a otra sociedad, al socialismo. En la actualidad, cien años después, la clase trabajadora acumula un amplio bagaje cuya conclusión es inequívoca: todas las experiencias reformistas han mostrado no ya sus límites, sino su carácter reaccionario, en tanto proponen depositar ilusiones en un camino sin salida.

En tercer lugar, la experiencia rusa muestra que la toma del poder por la clase trabajadora exige su organización independiente, con órganos de frente único y un partido obrero independiente. Los sóviets son consejos obreros cuyos diputados son los que se eligen en las fábricas, etc. Por tanto, encarnan perfectamente el frente único obrero: la unidad de acción por encima de las legítimas diferencias que puedan tenerse, a resolver democráticamente en el seno del propio sóviet. Pero sin un partido revolucionario, todo su poder resultado de la revolución será efímero (como se había verificado en febrero de 1917, cuando el partido bolchevique era minoritario). Y en sentido contrario se verifica en octubre, cuando su posición mayoritaria permite el triunfo de la insurrección y, con él, la constitución de un Estado obrero en torno a una serie de medidas revolucionarias. Es imprescindible un partido que articule de forma directa, sin cortapisa alguna, las aspiraciones de las masas. Un partido revolucionario que haga posible la decantación de los sóviets, como representación directa de las masas, a una orientación revolucionaria. A la inversa, también es cierto que un partido revolucionario sin órganos de poder obrero que agrupen a las masas en un frente único (como los sóviets), implica de facto un riesgo inmediato de burocratización, como ocurrió en otras experiencias revolucionarias.

Una cuarta enseñanza se refiere a que el Estado obrero no es el socialismo ni podrá serlo plenamente en un solo país, pese a las capacidades que abre y que en la URSS tomaron cuerpo hasta finales de los a los veinte a pesar del atraso y de la hostilidad de las potencias imperialistas. La transición al socialismo supone un desarrollo tal de las fuerzas productivas que tiende a reducir la necesidad del Estado, pero este desarrollo no puede hacerse de espaldas a la existencia de una economía mundial, lo que plantea la necesidad de la extensión mundial de la revolución. En una etapa de transición hay un riesgo cierto de involución: la única manera de combatirla pasa por dicha extensión, que requiere del pleno funcionamiento democrático del partido, del centralismo democrático. Y del funcionamiento democrático de los sóviets o consejos obreros.

Conjuntamente, todas estas enseñanzas de la revolución rusa apenas esbozadas son una contundente argumentación de por qué no se puede hablar de “fracaso”, de “fin de un ciclo”. Quienes lo hacen pretender diluir dos implicaciones prácticas que aporta la experiencia soviética para la clase trabajadora hoy. En primer lugar, el horizonte del socialismo y el comunismo como referencia de que efectivamente otro mundo es posible, pero sólo sobre la base de la ruptura con el desorden burgués. En segundo lugar, en el corto plazo, la necesidad de construir una organización política de la clase obrera, un partido obrero independiente de todo compromiso con el capital, para defender incondicionalmente las aspiraciones de los trabajadores y los pueblos (lo que exige su participación e impulso en las iniciativas de frente único en torno a las cuales pueda constituirse un embrión de poder obrero).

La revolución rusa no fracasó ni la desaparición de la URSS en 1991 significa el fin de un ciclo, porque la revolución no es un hecho aislado, sino que se inserta en la trayectoria de lucha de la clase obrera, cuyo trasfondo revolucionario conforma la base para hablar de revolución permanente, como ya desde 1844, en La sagrada familia, lo habían formulado Marx y Engels.

 


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