Las elecciones y el combate por la República

1 abril, 2019 en Edición Impresa, Editorial

Millones de trabajadores y jóvenes se encuentran desconcertados ante las elecciones. No quieren que se imponga un gobierno de la derecha “trifachita” que arrase sus derechos y conquistas, pero muchos desconfían de unas candidaturas “de izquierda” que han aplicado también recortes desde los distintos gobiernos o que se han negado a llamar a la movilización contra ellos; sobre todo cuando dirigentes del PSOE como Ábalos barajan la posibilidad de una coalición con Ciudadanos que nos condenaría a un gobierno continuista y peor.

El balance de los últimos meses tampoco ayuda a decidirse. Hasta el último día las expectativas de que el gobierno Sánchez abordara toda una serie de medidas que esperaba la mayoría social se han frustrado. Ni la reforma laboral ha sido derogada, ni se ha producido el más mínimo gesto, ni siquiera político contra el infame juicio a los republicanos catalanes. Seamos claros:  no hace falta ser partidario de la independencia de Cataluña, ni siquiera defensor del derecho democrático de autodeterminación –como somos en este periódico obrero– para comprender que la farsa del juicio a los dirigentes catalanes no es más que un juicio político, un atentado contra las libertades de todos los trabajadores y pueblos de este país. El aparato judicial, a quien han dejado a sus anchas sin limitación alguna, se venga de lo que fue arrancado al franquismo (del que ese aparato formaba parte): los derechos y libertades democráticas.

Sin ir más lejos, las juntas electorales, que son los mismos jueces, arbitrariamente deciden que exigir la libertad de los presos es una propuesta partidista, al igual que las críticas de la vicepresidenta Calvo a las trabas de la Mesa del Congreso también son partidismo. Compitiendo en despotismo con los jueces, el Banco de España decide que el Gobierno no debe alargar los permisos de paternidad, ni dar subsidio a los parados. 

¿Para qué eligen los ciudadanos un parlamento y un gobierno? La arbitrariedad, el despotismo, es la negación de la democracia.

Señalemos que este silencio del Gobierno se acompaña de un silencio casi idéntico por parte de los dirigentes de Izquierda Unida y de Podemos, que no han participado en ninguno de los actos y movilizaciones que se han convocado contra el juicio.

Y debemos preguntarnos por qué el gobierno no ha movido un dedo, y ha transformado algunas reivindicaciones –que podía haber convertido en hechos, en leyes, en estos 9 meses–  en pura “propaganda electoral” presentándose como supuesto baluarte ante la derecha extrema.

Cualquier trabajador, joven o demócrata de este país se puede preguntar con razón, si no lo ha hecho en 9 meses, cuando podía buscar la mayoría de la “moción de censura ” del 31 de mayo de 2018 para hacerlo, ¿cuál será la garantía de que lo haga ahora si gana las elecciones, pero le falta un diputado para la mayoría absoluta, o le pone trabas algún juez?

Entonces tenemos que llegar a la explicación de fondo: cuando Sánchez no toma medidas esperadas por la inmensa mayoría del pueblo trabajador, pactadas con los sindicatos e incluso anunciadas por algunos ministros, lo hace porque no quiere enfrentarse al régimen monárquico y sus instituciones, como “los jueces”: ¡con la Monarquía al servicio del capital financiero hemos topado!

Este es el verdadero obstáculo que impide hacer otra política, que evita la potencia de la movilización de los trabajadores y no quiere apoyarse en la resistencia que se expresa como puede, como vimos el 8 de marzo, pero que se ve impedida por la falta de un objetivo claro y por la negativa –por acción u omisión– a darle forma precisa y contundente de las organizaciones que dicen representar a los trabajadores y los pueblos.

Del mismo modo, el 16 de marzo en Madrid, las decenas de miles que pidieron la libertad de los presos, pesaban menos de lo posible debido a la ausencia de las organizaciones que la mayoría espera que defenderán las libertades.

Ante el precio que esto implica hemos de sacar una conclusión: en este mes de abril que empieza ahora, reivindicar la República en su aniversario no es una cuestión de recordatorio obligado por el calendario, sino una exigencia política ineludible, porque es la única salida para unificar las resistencias dispersas, aunando a los trabajadores y los pueblos en sus ansias sociales y democráticas.


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