La revolución traicionada y la continuidad de la lucha por el socialismo

Por: Xabier Arrizabalo

La fórmula “socialismo en un solo país”, contraria a la tradición marxista -y bolchevique en particular- se acuña por vez primera en 1924, tras la derrota de la revolución alemana. Poco después, a finales de los años veinte ha desaparecido el centralismo democrático en el partido y ya está en curso la plena degeneración burocrática del Estado soviético, culminada antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939. Se liquida la vieja guardia bolchevique, con la eliminación de la mayoría absoluta de los miembros del Comité Central de 1917 a 1923; de los tres secretarios del partido entre 1919 y 1921; de la mayoría del Politburó entre 1919 y 1924. De los 55 miembros titulares del Comité Central eliminados en 1936-39, 47 eran bolcheviques desde antes del 17 y otros siete desde antes de 1920 [Broué, El partido bolchevique].

Como se revela en todo lo expuesto en los artículos previamente publicados en esta serie de Informacion Obrera, resulta indiscutible que no hay continuidad alguna entre el bolchevismo y el estalinismo. Pero hay una pregunta que surge a menudo -y no siempre malintencionadamente-, para plantear si la deriva que configura al Estado obrero soviético como degenerado era ineludible. Para responderla nos apoyamos en nuestro método, el marxismo, basado en el materialismo histórico que es el análisis de las sociedades a la luz del pensamiento dialéctico y la concepción materialista del mundo. No se trata por tanto de ninguna maldición o inevitabilidad, asentada en explicaciones vulgarmente psicologistas, totalmente ajenas a la dinámica social.

La degeneración burocrática no obedece a ninguna ley, sino que se explica por determinadas circunstancias particulares que acaecen entonces, caracterizando una situación muy complicada que se acaba revelando propicia a dicha degeneración. En primer lugar, porque al atraso de la economía rusa se añadió la consolidación de su aislamiento por las derrotas de la revolución alemana en 1923 y china en 1926-27. En segundo lugar, vinculado a lo anterior, por la desmovilización del ejército y los cambios en la composición sociológica del partido que facilitaron la exclusión de la oposición y, con ella, la supresión de todo espacio de debate (mientras en 1934 un 75% de los delegados en el congreso eran veteranos de la guerra civil, sólo cinco años después, en 1939, únicamente lo eran el 8%; de los 1966 delegados de 1934 –un 60% de origen obrero–, 1108 habían sido detenidos antes de 1939: ibídem). En tercer lugar, por la paradoja de que la burocracia pudo imponer su control creciente del aparato, gracias tanto a las dificultades económicas -que justificaban una gran centralización- como al impulso que hacía posible la planificación -que permitía alimentar la maquinaria estatal.

Pero de igual modo que el método riguroso de análisis que es el marxismo nos hace descartar la ocurrencia de una supuesta continuidad entre el bolchevismo y el estalinismo, también nos impone afinar la caracterización del Estado soviético desde finales de los veinte. Un Estado obrero que resulta de la expropiación del capital y que, por tanto, mientras no se restableciera ésta seguiría ostentando dicha condición. Pero que desde entonces adopta la forma particular de Estado obrero degenerado, fórmula que permite comprender el reto en términos del dilema “o la burocracia, transformándose cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado obrero, derriba las nuevas formas de propiedad precipitando al país hacia el capitalismo; o la clase obrera aplasta a la burocracia abriendo una salida hacia el socialismo” [Trotsky, Programa de transición]. ¡Porque al niño [Estado obrero] sucio [degenerado] no se le tira a la basura, se le lava! La orientación contrarrevolucionaria de la burocracia estalinista no puede confundirnos en cuanto a la necesidad de luchar por la preservación del Estado obrero, cuya existencia misma, más allá de su carácter degenerado, explica por ejemplo por qué los gobiernos burgueses de Europa occidental “miran hacia otro lado” cuando en junio de 1941 el régimen nazi alemán lanza la Operación Barbarroja contra la URSS y por qué muchos militantes de la oposición piden ser alistados para combatir en su defensa.

En 1936 Roy Howard, periodista estadounidense, entrevista a Stalin quien, a la pregunta de si “la Unión Soviética ha abandonado hasta cierto punto sus planes e intenciones de llevar a cabo la revolución mundial?” responde: “Nosotros nunca tuvimos tales planes e intenciones (…) Eso es el fruto de un equívoco”. Desde esta perspectiva se comprende bien la orientación contraria a la revolución española, el Pacto Hitler-Stalin de 1939 o la propia disolución de la Internacional Comunista en 1943. Sin embargo, son las conquistas de la revolución las que hacen posible el enorme esfuerzo de la población para derrotar al nazismo. Como entonces, la revolución hoy no es un deseo, sino una necesidad. Y cada vez más imperiosa para abrir una salida efectivamente digna de este nombre.


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