La necesidad de la revolución

Por: Xabier Arrizabalo

Las fuerzas productivas no son un concepto técnico, sino una categoría social que supone la clave para comprender un determinado momento histórico. El desarrollo de las fuerzas productivas no es el aumento del rendimiento del trabajo -la productividad-, sino la materialización en unas mejores condiciones de vida de la población del mayor dominio de la naturaleza por parte del ser humano, es decir, del aumento del rendimiento del trabajo. Como tal, el desarrollo o no de las fuerzas productivas sólo puede entenderse en su conexión con las reglas del juego que prevalecen en cada sociedad, es decir, con sus relaciones de producción. Éstas son las relaciones entre las distintas clases sociales en el proceso de producción, que a su vez dependen del vínculo de cada clase con los medios de producción. En el capitalismo, el contenido de estas relaciones es el trabajo no pagado que los capitalistas se apropian como ganancia, por lo que la explotación no es una cuestión ideológica sino el hecho material sobre el que se asienta la reproducción social.

En el seno de la vieja sociedad feudal se había incubado un desarrollo potencial de las fuerzas productivas. Pero no podía materializarse efectivamente porque chocaba con las relaciones de producción feudales. En plata: a pesar del crecimiento demográfico, los avances técnicos y la disponibilidad de materias primas, no se podía pasar a la producción fabril por la subordinación de la mayoría de la población a los señores feudales. La lucha de clase de la burguesía, con otras clases subalternas, permitió superar ese corsé y poner en marcha la acumulación capitalista. Ésta hizo posible un enorme desarrollo de las fuerzas productivas: la industrialización, la urbanización, los grandes medios de transporte y en particular la clase trabajadora. Desarrollo que ni fue ni podía haber sido idílico, porque se basaba en la explotación, en la competencia y en el pillaje colonial.

Sin embargo, en el recorrido histórico del capitalismo se llega a un momento en el que, cada vez más, queda limitado el desarrollo de las fuerzas productivas. Lenin lo explica magistralmente en la obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, de la que ya hemos hablado en estas páginas. De hecho, las fuerzas productivas van tornándose en fuerzas destructivas, como resultado de las exigencias del principio que rige las relaciones de producción capitalistas, que es la rentabilidad. Son las crisis y las guerras, pero también la desvalorización de la fuerza de trabajo respecto a las posibilidades materiales que abre el aumento del rendimiento del trabajo.

En ese contexto, el panorama de 1917 no puede ser más elocuente: mientras que la competencia capitalista ha desembocado en la Primera Guerra Mundial (la “gran carnicería”), en Rusia, resultado de una serie de factores y específicamente de la existencia de un partido obrero, independiente de todo compromiso con las instituciones burguesas, se abre la única salida verdaderamente digna de este nombre: la revolución. Porque la expropiación del capital, unida a otra serie de medidas complementarias, permite desembarazarse del lastre que las relaciones de producción capitalistas suponen ya entonces (al modo de cómo lo habían supuesto las feudales dos siglos antes). Bajo la propiedad estatal de los medios de producción se abre una posibilidad de aumentar el rendimiento del trabajo, cuyo resultado en términos de mejora sostenida de las condiciones de vida de los trabajadores, permite aspirar al tránsito al socialismo, etapa transitoria a su vez hacia el comunismo.

Pero el análisis marxista, basado en la concepción materialista del mundo y un modo dialéctico de pensar, nos permite ver que no hay automatismo: el proceso abierto en Rusia se enfrentará a dificultades enormes. Dos en especial: el atraso de la economía rusa (lo que paradójicamente ha facilitado el triunfo de la revolución, ya que la cadena -en este caso la imperialista- se rompe por su eslabón más débil) y la existencia de una economía mundial en las que las potencias dominantes declararán la guerra a la revolución desde el primer momento. No obstante, el régimen salido de la revolución mostrará inequívocamente sus gigantescas capacidades, en contraposición a las limitaciones de las economías capitalistas. Por citar un solo dato: la producción industrial que en 1920 era solamente del 75% de la de 1913 y en 1925 del 75%, en 1929 ya era del 200% y en 1932 del 300% (incluso pese a la deriva burocrática que ya se imponía).

En la actualidad, la destrucción de fuerzas productivas es cada vez más sistemática: las crisis y las guerras así como, conectada con ellas, la desvalorización de la fuerza de trabajo que cuestiona las condiciones de vida de la mayoría de la población, que es la clase trabajadora. Como se revela por ejemplo en la negación de un futuro digno a los jóvenes. Es el resultado inevitable de las exigencias de la rentabilidad del capital, que revela la necesidad de su expropiación, porque toda ilusión en su reforma choca frontalmente con su esencia. La revolución, en definitiva, no es un deseo sino una necesidad, que exige a su vez avanzar en el agrupamiento político independiente de la clase trabajadora. Sin ningún maximalismo, pero defendiendo las reivindicaciones incondicionalmente, sin someterlas a nada.


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