¿Es posible hoy un “capitalismo con rostro humano”?

8 abril, 2015 en Edición Impresa

Publicado en la edición impresa (IO 292 y IO 293)

Por Xabier Arrizabalo

El capitalismo se basa en una división de la sociedad en dos clases, determinadas por su lugar en el proceso de producción: por un lado quienes vivimos de nuestro trabajo (la clase trabajadora) y por el otro están quienes viven de nuestro trabajo, de la parte de él que no nos pagan (la clase burguesa). La base material de la dominación de la clase burguesa es la explotación del trabajo, lo que revela el carácter irreconciliable de los intereses de ambas clases. La lucha de clases no es por tanto una cuestión teórica o ideológica, sino material, práctica.

Pero no es sólo eso. Como Marx establece en El Capital, la trayectoria del capitalismo no es casual, sino que obedece a leyes y particularmente a la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia. Este descenso puede evitarse a través de varios medios que, finalmente, conducen inevitablemente a la necesidad de un aumento siempre creciente de la explotación del trabajo. Pero ni siquiera esto, con todo su corolario de destrucción económica y regresión social, es suficiente. La acumulación capitalista lleva a una destrucción de fuerzas productivas cada vez más sistemática. Se verifica así el pronóstico que Rosa Luxemburgo atribuía a Engels: o socialismo o barbarie. No ya en las economías más atrasadas, sino también en las propias potencias imperialistas.

Valga este preámbulo para encuadrar la discusión acerca de qué significa el encumbramiento que, desde los principales medios de comunicación, se hace del libro de equívoco título del economista francés Thomas Piketty. El capital del siglo XXI. Equívoco porque no tiene nada que ver con el libro de Marx. El libro de Piketty carece del más elemental rigor. De hecho, sitúa a su responsable en el campo de lo que el propio Marx denominaba economistas vulgares. Es decir, aquellos que no tenían pretensión de indagar en las causas profundas de los problemas de la economía capitalista, limitándose a una descripción puramente superficial y solamente de ciertas cuestiones, a las que se atribuía una explicación siempre ajena al conflicto de clases propio del capitalismo.

Prueba de la vulgaridad de Piketty es que identifica al capital con una mera cuestión patrimonial, para eludir así la relación social de explotación en que realmente consiste. No es casual, desde luego, como tampoco lo es que en un texto de casi mil páginas dedicado a la desigualdad, no se hable en ningún momento de explotación, ni que se oculte que el origen de la desigualdad se sitúa en la producción, en las relaciones de producción de las que depende la distribución. De hecho, la supuesta fórmula que explicaría la desigualdad para él es simple aritmética: aumenta la desigualdad si el rendimiento del capital aumenta más que la producción. Es decir: llueve porque está lloviendo. Tampoco es casual la pretensión de resolver el problema con la imposición de un impuesto del que ni siquiera se dice, claro, quién lo va a aplicar.

Hacer como que se cambia todo, para que nada cambie. La supuesta sensibilidad ante la desigualdad creciente es un mero juego de trileros para, negando su origen y pretendiendo que se puede resolver “con una homilia fuera del guión”, impulsar el texto de Piketty porque su contenido esencial es la negación de la existencia de clases sociales, de explotación entre ellas y, con todo ello, una apuesta por la preservación del (des)orden burgués. Que sigue caracterizándose por la dominación del capital financiero estadounidense, con pies de barro sí, pero único gigante en todo caso (como se observa en la subordinación a él de la burocracia china o del gobierno alemán).

Con todo lo expuesto, se comprende bien la entronización de Piketty no sólo teórica sino también política: se le reúne con dirigentes políticos, precisamente para promover o reforzar el abandono de la perspectiva de clase.

Aparentemente en estas últimas semanas se han producido cambios que revisan la mal llamada austeridad (sólo para el gasto social, no para los regalos al capital financiero; recuérdese el caso irlandés, en el que tras diez años de superávit fiscal el déficit se acabó alzando al 31,4% del PIB como resultado de un gigantesco rescate bancario de 50.000 millones de euros). Se trata del Plan Juncker (“Un plan de inversión para Europa”, del 26 de noviembre) y el anuncio de compra de deuda por el BCE el 22 de enero. Quienes defienden que hay alternativas en el marco de la UE, ya tienen su petición satisfecha, más allá de que las declaraciones oficiales distorsionen el alcance real de dichas medidas (los supuestos 315.000 millones del Plan Juncker dependen de que la inversión privada movilice 15 veces los 21.000 que realmente aportan la UE y el BEI; del programa de compra de deuda, de 60.000 millones mensuales al menos hasta septiembre de 2016, el BCE sólo asume el 20% de las posibles pérdidas).

Pero estas medidas, plenamente acordes con las exigencias de quien manda en la economía mundial, que es el capital financiero estadounidense a través del FMI, no sólo no van a resolver nada sino que se encuadran en la continuidad del pago de deuda al capital privado y van acompañadas de nuevas exigencias de contrarreformas y recortes.

En el marco del euro no hay posibilidad alguna de salida, porque el euro es simplemente un instrumento para imponer en Europa la disciplina del ajuste fondomonetarista. Sin embargo, nosotros respetamos a quienes no ponen como condición de partida la ruptura de los pueblos europeos con ese corsé siniestro, pero sí defienden incondicionalmente las conquistas obreras y democráticas, aunque esta defensa sólo acabará siendo factible mediante la ruptura con el euro. Por el contrario, quienes ponen como condición la preservación del euro cono algo ineludible, están vendiendo toda posibilidad real de dicha defensa.

Padecemos un agravamiento constante de los problemas sociales, que pueden resumirse en la existencia de una distancia cada vez mayor entre las posibilidades materiales alcanzadas por la humanidad y las condiciones de vida de la inmensa mayor parte de la población que somos los trabajadores, la clase trabajadora. No es por casualidad sino que ese agravamiento es el resultado directo de las exigencias del capital. Ya no tiene ninguna dificultad demostrar la imposibilidad de un capitalismo con rostro humano. No sólo teóricamente sino en particular de forma empírica y sobre todo a la luz de la experiencia de regresión en Europa, que es la región referente mundial por la institucionalización de toda una serie de conquistas obreras y democráticas. La UE, negación de la Europa referente por dichas conquistas, es la mejor prueba de esta imposibilidad. Acabamos de tener una nueva muestra: la subordinación del nuevo gobierno de Grecia a la preservación del euro se revela incompatible con las aspiraciones del pueblo griego.


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