El debate soviético de los años veinte y su negación con el “socialismo en un solo país”

Por: Xabier Arrizabalo

En el artículo “Capacidades y dificultades de la revolución rusa” del número anterior de IO, ya planteamos que el terreno en el que finalmente se dilucida la superioridad del socialismo es el del desarrollo de las fuerzas productivas, para lo que suponía una dificultad el atrasado punto de partida del que arrancaba la experiencia soviética, a pesar de lo cual pudo mostrar su capacidad.

En efecto, había triunfado la revolución y se constituía un Estado obrero. Tras el “ensayo general de 1905”, la revolución de febrero de 1917, el planteamiento de Lenin en sus “tesis de abril”, tan agudo como audaz, y, en definitiva, tras la insurrección de octubre. Después vinieron los primeros decretos, que revelaban el carácter liberador de la revolución y del Estado obrero a que dio lugar. Pero también las graves dificultades de una economía atrasada, sometida al aislamiento y la agresión exterior, en cuyo marco tiene lugar el llamado “comunismo de guerra”, así como a continuación la NEP [Nueva Política Económica]. Orientaciones “defensivas” en el sentido de que tenían por objetivo principal la defensa de la revolución, que pasaba no sólo por la derrota de la agresión imperialista, sino también por el relanzamiento de la producción, a casi cualquier precio. Orientaciones que no fueron objeto de cuestionamiento de fondo en el seno del Partido Bolchevique, porque se trataba del pragmatismo más elemental.

Durante los años veinte, especialmente en su primera mitad, en el marco de la aplicación de la NEP tiene lugar un gran debate económico, en torno a cómo conducir la economía. Este debate aparece asociado en particular a las figuras de Preobrazhenski, de la oposición, y Bujarin, primero aliado de Stalin, con quien posteriormente rompe (ambas figuras serán asesinadas por orden de éste). Este debate es un reflejo de la tradición bolchevique, que no sólo admitía la discusión franca sino que la estimulaba, en tanto premisa ineludible del centralismo democrático.

De forma muy simplificada, el contenido del debate se resume en torno al lugar que debía ocupar en el futuro próximo la planificación frente al mercado, así como el foco que debía ponerse en la industria frente a la agricultura.

Preobrazhenski, la oposición, defendía un lugar central para la planificación orientada a la industrialización, aunque sin atajos y recurriendo a todas las palancas económicas que realmente existían entonces (es decir, no era un planteamiento idealista, sino desde una concepción materialista que entiende las raíces históricas profundas de los procesos sociales). Todo esto se relacionaba a su vez con el debate acerca de la acumulación socialista (proceso constantemente renovado de reinversión procedente de la propia actividad económica de las empresas estatales) y la acumulación socialista primitiva (inversión estatal de recursos procedentes de la actividad mercantil expropiada). Por contra, Bujarin defiende el papel de la actividad privada que, de hecho, tiene una posición de boicoteo, en particular limitando las entregas de cereal.

Pero previamente hay un punto que formula Preobrazhenski, que no es rebatido por Bujarin y que acabará siendo crucial: el hecho especialmente defendido por la oposición, en la estela de la tradición bolchevique, en cuanto a que toda la discusión se encuadra en la existencia de una economía mundial, capitalista, que implica la imposibilidad de que en la Unión Soviética se imponga plenamente la acumulación socialista como único regulador económico. Porque la ley del valor, que es el regulador de la acumulación capitalista, sigue permeando la economía soviética, a pesar de parapetos tan importantes como son el monopolio del comercio exterior o la no convertibilidad de la moneda. Esta influencia directa de la ley del valor, no sólo por la existencia de actividad privada interna, sino especialmente por la incidencia de la economía mundial, es lo que hace a Preobrazhenski formular la noción de “doble regulador”.

Esto revela con claridad el significado de la formulación del “socialismo en un solo país” (opuesta a la perspectiva de la extensión mundial de la revolución), extraña a la tradición bolchevique, por ser contraria a los planteamientos marxistas y más concretamente a los formulados por Lenin, sobre todo en su obra de 1916, El imperialismo, fase superior del capitalismo (objeto de sendos artículos en los números 310 y 311 de Información Obrera). No sólo debilidad, sino su carácter reaccionario que está en el origen de la degeneración económica de la URSS, factor decisivo a su vez, aunque no único, de su liquidación final.


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