Cien años después: “el arte de la insurrección” (segunda parte)

Por: Xabier Arrizabalo

En la primera parte de este artículo, publicada en el número anterior de Información Obrera (319), consignamos algunos de los principales acontecimientos que tienen lugar a lo largo del año 1917, desde la revolución de febrero y la paradójica situación de doble poder que se abre, entre el gobierno provisional y los sóviets. También señalamos el carácter insostenible de esta situación, que se agravaba cada vez más, ausente toda posibilidad de una salida democrática en el marco de la supervivencia del régimen que mantenía a Rusia en la guerra imperialista, el atraso y la opresión de los trabajadores, los campesinos y los pueblos.

La insurrección es un momento decisivo que en absoluto puede entenderse ni sólo ni principalmente como resultado de una conspiración, de un movimiento puramente táctico. Detrás está todo lo mencionado, sujetos sociales que se constituyen como tales de acuerdo a sus intereses materiales. Es decir, de acuerdo al lugar que ocupan en las relaciones de producción propias de cada tipo de sociedad: son las clases sociales, más allá de cómo se expresen o no políticamente. Pero en Rusia la clase trabajadora no sólo se expresa políticamente en la existencia de los sóviets, embriones de un Estado obrero, sino que tiene un instrumento que puede ayudar decisivamente a decantar la situación, incidiendo en la irrupción de las masas y en su orientación: el partido bolchevique. Un partido que hace bueno el aforismo de que el movimiento se demuestra andando, pero andando con la guía que aporta el método marxista.

La tarde del día 24 de octubre Lenin escribe una carta a los miembros del Comité Central: “la situación es crítica en extremo. Es claro como la luz del día que hoy todo lo que sea aplazar la insurrección significará verdaderamente la muerte. Poniendo en ello todas mis fuerzas, quiero convencer a los camaradas de que hoy todo está pendiente de un hilo, de que en el orden del día figuran cuestiones que no pueden resolverse por medio de conferencias, ni de congresos (aunque sean incluso congresos de los sóviets), sino únicamente por los pueblos, por las masas, por medio de la lucha de las masas armadas”.

En esta carta que expresa la determinación de la dirección del partido obrero, se concentra la experiencia de todo el movimiento obrero internacional: “¡¡No se puede esperar!! ¡¡Nos exponemos a perderlo todo!! (…) ¿Quién ha de hacerse cargo del Poder? Esto, ahora, no tiene importancia: que se haga cargo el Comité Militar Revolucionario ‘u otra institución’ que declare que sólo entregará el Poder a los verdaderos representantes de los intereses del pueblo, de los intereses del ejército (inmediata propuesta de paz), de los intereses de los campesinos (inmediata toma de posesión de la tierra, abolición de la propiedad privada), de los intereses de los hambrientos”.

Los procesos sociales no son decretables a voluntad; resultan de las leyes que los rigen, en torno a las cuales tiene lugar la intervención de las clases. La carta de Lenin es un destilado del método marxista que permite apreciar la singularidad del momento: “Si hoy nos adueñamos del Poder, no nos adueñamos de él contra los Sóviets, sino para ellos (…) La toma del Poder debe ser obra de la insurrección; su meta política se verá clara después de que hayamos tomado el Poder (…) Así lo ha demostrado la historia de todas las revoluciones, y los revolucionarios cometerían el mayor de los crímenes, si dejasen pasar el momento, sabiendo que de ellos depende la ‘salvación de la revolución’, la propuesta de paz, la salvación de Petrogrado, la salida del hambre, la entrega de la tierra a los campesinos. El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste lo que cueste! Demorar la acción equivaldría a la muerte”.

La insurrección había comenzado antes. Como explica Trotsky en Historia de la revolución rusa, fue el 9 de octubre con el conflicto de la guarnición o el 12, con la creación del Comité Militar Revolucionario, que pone los medios para dicha culminación: “la etapa final, en el curso de la cual los insurrectos rechazaron definitivamente las formas convencionales de la dualidad de poderes, con su legalidad dudosa y su fraseología defensiva, duró exactamente veinticuatro horas: del 25, a las 2 de la mañana, hasta el 26, a las 2 de la mañana. En ese lapso de tiempo, el Comité militar revolucionario recurrió abiertamente a las armas para apoderarse de la ciudad y detener al gobierno: en las operaciones participaron, en total, sólo las fuerzas necesarias para cumplir una tarea limitada, en todo caso no más de veinticinco a treinta mil hombres”.

Se ha tomado el poder, lo que permitirá constituir un Estado obrero. Aunque está por hacer y no en las mejores condiciones, ya el mismo día 26 se promulgan tres decretos importantísimos: el de la constitución del gobierno de los trabajadores y los campesinos (el Consejo de Comisarios del Pueblo); el de la tierra y el de la paz. Y en los días siguientes nuevos decretos que ya hemos comentado en artículos anteriores. El triunfo de la insurrección culmina exitosamente el proceso revolucionario comenzado mucho antes y que, de acuerdo a la noción de “revolución permanente” formulada ya por Marx y Engels desde 1844 y retomada por Trotsky y por Lenin desde 1904, en ningún caso puede constreñirse en el tiempo y en el espacio a unos hechos puntuales. Esto justifica plenamente el sentido de estudiar la revolución rusa porque, como decía el propio Trotsky en enero de 1917 en un texto sobre 1905, Lecciones del gran año: “Los aniversarios revolucionarios no son sólo días para conmemorar, son días para sacar lecciones de las experiencias revolucionarias”.

Quizá pueda parecer extemporáneo el énfasis que ponemos en la insurrección. Pero la cosa cambia, debe cambiar, si lo entendemos en términos de su significado profundo: la culminación de un proceso que se asienta en la necesidad, para los trabajadores, de poner en cuestión la organización social que nos oprime cada vez más, negándonos una vida digna. Culminación que sólo puede comprenderse como resultado de la experiencia de la clase trabajadora organizándose políticamente de forma independiente, plenamente independiente de todo compromiso con todas y cada una de las instituciones del capital. Rechazando por tanto toda ilusión en el diálogo con los explotadores y sus representantes, como si pudieran conciliarse sus intereses y los nuestros. Lo que resulta de rabiosa actualidad. Literalmente.


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