Ante la restauración capitalista en Rusia: ¿fin de un ciclo o revolución permanente?

Por: Xabier Arrizabalo

Conmemoramos el centenario de la Revolución de Octubre por el interés político de la clase trabajadora, del que nos reclamamos, de aprender sus enseñanzas para su combate actual. Utilizamos palabras como revolución o socialismo para afirmar que la superación del capitalismo no es un deseo sino una necesidad. ¿Anacrónico? ¿Acorde a las aspiraciones actuales de los trabajadores? No es cuestión de gustos, sino de los hechos objetivos. En 1917 se mostraban con toda nitidez las implicaciones del capitalismo imperialista: la guerra, una gigantesca destrucción de fuerzas productivas. Hoy, en 2017, siguen las guerras imperialistas contra trabajadores y pueblos, además de la crisis crónica: más destrucción de fuerzas productivas.

Por supuesto, 2017 no es 1917 ni podría serlo. No puede eludirse toda la trayectoria de la economía mundial durante los últimos cien años, en la que se inserta la propia experiencia soviética, más allá de su deriva. Sin embargo, hoy como entonces constatamos que el capitalismo no es reformable. Por esto la revolución no es un deseo, sino una necesidad.

¿”Socialismo en un solo país”? ¿Un hecho histórico aislado en el tiempo y el espacio? La noción de revolución permanente desde Marx

Ni la revolución francesa es la toma de la Bastilla, ni la revolución rusa la del Palacio de Invierno. Las revoluciones no son meros hechos puntuales, por importantes que sean algunos, sino que forman parte de un proceso caracterizado por la intervención directa de las masas en la vida social, mostrando expresamente su aspiración a construirse su propio futuro. La insurrección tiene la importancia de que abre de facto la posibilidad de transición a una nueva organización social. La abre por su contenido histórico que, desde el siglo XX, debido a la existencia de la economía mundial, no puede completarse en un solo país. Se trata de la “revolución permanente”, ya planteada por Marx y Engels a mediados del siglo XIX. En 1844 en La sagrada familia, en 1850 en Las luchas de clases en Francia, 1848-1850 y en la Circular del Comité Central a la Liga Comunista (“su grito de guerra debe ser: ‘La Revolución permanente’”). Pero también implícitamente en otros textos como el propio Manifiesto del Partido Comunista de 1848 (“la revolución burguesa alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de una revolución proletaria”).

También lo plantea Lenin, por ejemplo en 1905 en la actitud de la socialdemocracia ante el problema campesino: “somos partidarios de la revolución ininterrumpida. No nos quedaremos a mitad de camino”. Previamente, Trotsky la había retomado ya, antes incluso del estallido revolucionario de 1905 en Rusia. En textos como Antes del 9 de enero, de 1904 (también conocido como El proletariado y la revolución). Y lo culmina en su respuesta a Radek en 1932: La revolución permanente.

El origen de esta teoría se sitúa en el problema de la transición de la revolución democrática a la socialista. Por oposición a quienes pretenden que con un Estado burgués democrático todo puede ser resuelto pacíficamente, de forma progresiva a través de las reformas (quienes veían la democracia burguesa y el socialismo como dos etapas independientes e incluso lejanas entre sí). Es permanente porque la democracia y la revolución socialista están ligadas por la continuidad del proceso revolucionario. Y la revolución socialista no equilibra la situación, como pretendía Stalin y la tesis de la “coexistencia pacífica”, sino que abre un periodo de transformación. Pero todo esto no es abstracto, sino concreto, histórico. Por eso en el siglo XX la revolución no es sólo que no pueda acotarse a un hito determinado, sino que tampoco puede ser constreñida en el espacio: la revolución tiene un carácter inevitablemente internacional, mundial, acorde al propio carácter mundial del desarrollo de las fuerzas productivas así como de la lucha de clases. La revolución socialista triunfante en un país no es el fin, sino un eslabón de la cadena internacional.

Todo esto pone de relieve que la formulación del “socialismo en un solo país”, acogida por Stalin desde finales de 1924, no es ni podría ser marxista, sino todo lo contrario: es la negación del marxismo. Como hemos explicado en artículos previos, la revolución abrió enormes capacidades, limitadas sin embargo no ya por el atraso de Rusia, sino sobre todo por su aislamiento… que acaba reivindicándose con la orientación estalinista contraria la extensión mundial de la revolución, como se verificó dramáticamente aquí en 1937.

Y constata asimismo el carácter reaccionario de abordar la revolución rusa desde una suerte de nostalgia, asentada en el planteamiento asimismo antimarxista de que la liquidación final de la URSS significó el fin de un ciclo revolucionario. Porque como se le atribuye a Galileo, “y sin embargo, se mueve”.

Sigamos estudiando este proceso histórico, primera experiencia de un Estado obrero, del que la clase trabajadora tenemos buenas enseñanzas que sacar. Y hagámoslo desde la mejor perspectiva de análisis y de intervención, la del marxismo.


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