A propósito de Almaraz

21 febrero, 2017 en Edición Impresa, Internacional
Contribución de un sindicalista del sector energético francés

A finales del siglo XIX los científicos constataron el carácter radiactivo de sales minerales encontradas en la naturaleza. El estudio de esta energía dio origen a la física nuclear. Al principio se aplicó en el terreno médico.

Este avance científico –que se aplicó en muchos otros ámbitos- que debía dar lugar al progreso de la humanidad, fue contestado por la primera gran manifestación de la crisis del sistema capitalista que fue la carnicería de la Primera Guerra Mundial en la que perecieron 10 millones de hombres.

De modo que fue a finales del siglo XIX cuando tomó forma la contradicción entre el régimen basado en la propiedad privada de los medios de producción y el desarrollo de las ciencias y las técnicas que intentaban a duras penas abrirse paso en el corazón de un sistema capitalista que empezaba a declinar. Esta lucha encarnizada entre una ciencia al servicio de los progresos sociales y humanos de la humanidad y un régimen agonizante que la obstaculizaba no ha cesado nunca.

Las técnicas de fusión nuclear que se produce de manera natural en el sol y la mayor parte de las estrellas fueron controladas durante la primera parte del siglo XX con una aplicación esencial para millones de hombres: la producción de electricidad.

Francia fue un país pionero puesto que ya en 1946 se experimentaron los primeros reactores nucleares civiles. Su parque lo constituyen hoy 19 centrales y 58 reactores que proporcionan cerca del 80% de la electricidad del país contra un 12% en el mundo.

En 1945/1946, como producto de la ola revolucionaria de posguerra tras el hundimiento del régimen de Vichy, el sector energético francés constituido por 1 300 sociedades privadas se nacionalizó con la creación de una sociedad de propiedad estatal: Electricidad de Francia (EDF). Tal es el dispositivo en el que se insertó la producción de electricidad de origen nuclear desde su nacimiento. Esto no se banal para la población francesa. Puede decirse que en nuestro país la energía nuclear civil es consustancial con la Ley de Nacionalización de 1946. Cierto es que los antiguos propietarios privados no fueron expropiados (lo que reclamó una parte del movimiento obrero) y sus acciones fueron recompradas por el Estado que les indemnizó. La nacionalización constituyó no obstante una de las principales conquistas obreras de posguerra, que como tal vive en la consciencia del pueblo francés. Para millones de hombres, se inscribe en el vasto movimiento social progresista que vio la creación de un extenso sector público que afectaba a las minas, la sanidad, los transportes, las telecomunicaciones y el Correo, etc. Sector que los mercados financieros, con la ayuda de los sucesivos gobiernos de derecha y de izquierda, llevan 25 años intentando privatizar para reintegrarlo en el circuito especulativo del capital financiero.

El horros de los bombardeos de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 por el imperialismo norteamericano fue en el pasado siglo la expresión más acabada de la barbarie a la que el sistema capitalista es capaz de arrastrar a la humanidad desviando los progresos de la ciencia para sus propias necesidades de destrucción.

Naturalmente, el sector nuclear civil basado en las técnicas de fisión del átomo –como cualquier actividad industrial, y quizás un poco más que las demás- no está exento de peligros cuando es poco o nada controlado. Los accidentes de Chernóbil y Fukushima demuestran los riesgos de una gestión privada (o burocrática) motivada ante todo por la búsqueda del beneficio. Los especialistas coinciden en reconocer que los fallos que provocaron esos accidentes son consecuencia directa de la falta de medios invertidos en seguridad y mantenimiento de esas centrales.

Un accidente de uno de los 58 reactores nucleares franceses es posible. Pero el carácter público y nacionalizado de su explotación reduce considerablemente los potenciales riesgos con un sistema de control y de detección de los incidentes que es el más desarrollado del mundo.

Los mercados financieros apoyados por las instituciones internacionales y los diversos gobiernos a su sueldo libran también en el sector energético una lucha encarnizada para reintroducir en el sector especulativo el inmenso maná financiero que se les escapa. La seguridad de nuestras unidades de producción nucleares exigen que resistamos. Es el principal desafío al que está confrontado el movimiento obrero de nuestro país.

De lo que se trata en el fondo es del combate encarnizados entre la defensa de la civilización humana de la que es parte integrante el progreso científico y la barbarie hacia la que nos arrastra el sistema capitalista.

Desde hace cinco años, un acuerdo establecido entre el PS y los ecologistas prevé el cierre de la central nuclear de Fessenheim en Alsacia en aplicación de la Ley de Transición Energética que de ecológica no tiene más que el nombre. Esta ley es esencialmente una ley de privatización de sectores enteros de la producción de electricidad (en particular la producción hidroeléctrica pública que representa el 10% de la producción total de electricidad). Hay una resistencia enconada del conjunto de las organizaciones sindicales apoyadas por la población local contra el gobierno tergiversador. La Autoridad de Seguridad Nuclear, organismo que controla las centrales nucleares, concluyó, sin embargo, la total fiabilidad y seguridad de esta central. En realidad, el gobierno quiere incluir este cierre en el proceso de desindustrialización del país.

 


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