Cataluña quiere decidir su futuro con el referéndum

13 septiembre, 2017 en Actualidad política, Edición Impresa

Por: Jordi Salvador Duch (diputado al congreso por ERC)

El 10 de julio de 2010 una buena parte de la Cataluña que se siente nación y quiere ejercer como tal, cambió la bandera por la estelada. La sentencia del Tribunal Constitucional era la gota que hacía colmar el vaso. El estatuto de 2006 fue un intento, la última propuesta del catalanismo político progresista para ofrecer una nueva relación Cataluña / España o con los otros pueblos de España que con el tiempo podría haber evolucionado en clave confederal.

Esta oferta fruto de un enorme trabajo, fue “cepillado” con sorna por el Congreso de los Diputados y sin embargo fue aprobada en referéndum por el pueblo de Cataluña. La campaña infame del PP contra el referéndum aprobado y la denuncia al TC y la posterior sentencia que “cepillaba” aún más el estatuto votado era un duro golpe a la dignidad de todo un pueblo. El estatut descabezado no era el estatuto votado.

La reacción de la gente aquel 10 de julio no fue dirigida por nadie. Fue una auténtica revuelta popular de cientos de miles de catalanes y catalanas que sorprendió a todo el mundo. De hecho, la manifestación convocada era para defender el estatuto contra la sentencia del Tribunal Constitucional, pero por primera vez las esteladas fueron muy mayoritarias y los gritos unánimes fueron de independencia. A partir de aquí, las multitudinarias manifestaciones del 2012, 2013, 2014, el 9 N, el 2015 y el 2016. Las manifestaciones más multitudinarias vividas la última década en Europa y en el mundo.

La revuelta catalana tiene multitud de causas. Posiblemente falte perspectiva histórica para poder valorar en toda su magnitud este levantamiento popular hoy todavía inacabado. Lo que sí podemos afirmar es que los hechos de los últimos años rompen, por si aún quedaba dudas, el mito de que el catalanismo revolucionario tiene una base burguesa.

La burguesía catalana llena el Liceu o el Palau de la Música, pero nunca las calles de toda Cataluña. la gran “burguesía” nunca saldría a la calle a reclamar una república y un proceso constituyente que pone patas arriba todo el régimen de 1978 –que tan bien le ha ido justamente a esta gran burguesía y también a las oligarquías españolas.

La revolución catalana es una revuelta eminentemente popular contra una España asimilacionista, recentralizadora, poco democrática y con las principales instituciones deslegitimadas cuando no podridas (la independencia judicial, el estado de las autonomías, la monarquía, la financiación autonómica, el sistema financiero, el modelo económico impulsado por los gobiernos del PP y el PSOE, el derroche en las inversiones en infraestructuras, la codicia de las grandes empresas casi monopolistas de la construcción, infraestructuras, energía, el Banco de España, etc.) el reino del “todo atado y bien atado “visto como un lastre tanto en materia económica, social y de derechos civiles. Un estado donde el PP tiene mayoría absoluta en el Senado y mayoría en el congreso y un PSOE a la deriva que no son ni interlocutores ni referentes válidos, al menos por un amplia capa de la población catalana. Es un “ya basta” que surge de una manera espontánea y que se caracteriza por ser un proyecto ilusionante y rompedor frente la falta de respuesta política que se ve en el resto del estado.

Es esta último aspecto, la no división de derechos sociales y nacionales, lo que más ha desconcertado a la izquierda española y parte de la catalana, a la intelectualidad elitista, etc. y también al nacionalismo clásico español que se pensó y se piensa que esto iba de líderes, que la corrupción se asociaría al independentismo y que todo ello sería visto como una cortina de humo para tapar la corrupción y el mal gobierno, etc. No se daban cuenta ni se dan cuenta que lo que pasaba en Cataluña era un síntoma claro del agotamiento de los catalanismos que aspiraban a cambiar España y al mismo tiempo el fracaso del nacionalismo español y sus gobiernos de derechas y de izquierdas de construir un estado con un sentimiento patriótico común, moderno, plurinacional, eficiente, etc.

El catalanismo popular y hegemónico ya no puede esperar un interlocutor en España con quien federarse o esperar una correlación de fuerzas rupturistas que no se ven en un horizonte cercano. Y eso no quiere decir nada más que eso, que ya no se puede esperar más. De hecho, el federalismo ha sido utilizado como un concepto vacío de significado, porque no ha sido llenado de manera clara con contenido, con un programa serio, sino como el último antídoto para combatir el independentismo creciente en la sociedad catalana. Ha sido más una reacción que un creencia real, y con poca credibilidad tras el fracaso estrepitoso del proceso del estatuto de 2006 impulsado entre otros por el propio PSC.

Una parte menos importante de la Cataluña Popular no puede esperar una mayoría absoluta del entorno de Podemos o un cambio revolucionario del PSOE. Tiene prisa, porque hace muchos años que ha denunciado su malestar profundo. Tiene su propia ilusión tanto como clase trabajadora en un sentido amplio del término (también incluyendo como no puede ser de otra manera a los autónomos, pymes, etc.) que no acepta ni la gran burguesía catalana ni la España de los oligopolios ni la negación constante de su existencia como pueblo que quiere ser y decidir. Y todo ello, a pesar de la paradoja de tener que hacer parte del camino con una parte de la antigua CiU -que el mismo proceso independentista y la corrupción destroza como partido–, pensando en un objetivo común superior: la república catalana .

La identidad nacional incluyente, de base republicana y la mejora económica y social son el combustible del nuevo imaginario catalanista hegemónico.

Siete años después de aquel 2010 se alcanza el desafío más importante que se ha hecho en el estado en las últimas décadas. Frente la imposibilidad de hacer un referéndum acordado con el estado al igual que se hizo en Canadá o el Reino Unido, los partidos independentistas mayoritarios en el Parlamento de Cataluña tiran de manera unilateral un referéndum para el próximo 1 de octubre. La cuerda se tensa de tal manera que se elimina la equidistancia posible. Todo se reduce a quien quiere votar en referéndum y los que no quieren votar, llegando a un choque de legalidades y legitimidades. El pulso ha comenzado en Cataluña. Sólo se puede elegir dos caminos: 1) votar sí o no, legitimando un referéndum encaminado a proclamar la República Catalana y un proceso constituyente sin el consentimiento del estado; o 2) una abstención política por parte de los defensores del régimen del 78 que no quieren una solución política del conflicto con un referéndum que no reconocen con excusas varias.

Ante esta disyuntiva, pienso que los izquierdas españolas y las catalanas deben apoyar la rebelión catalana por diferentes razones: democráticas, fraternales, por interés propio en poder ser la revuelta catalana una palanca de transformación en el resto del estado …, pero también para poner en práctica el internacionalismo que tanto defendemos. No estar de parte de una gran parte del pueblo de Cataluña que quiere decidir su futuro en forma de referéndum, puede crear una ruptura emocional entre las izquierdas que puede durar muchos años. Me sería, me será difícil en un futuro, por ejemplo a mí, está al lado de aquellos que no han estado al lado nuestro en esta noble, pacífica y justa causa.